No en París no, un poco más a la derecha, no, no tan lejos, mira ese pequeño bosque donde corretean los cervatillos y donde los conejos comen unos frutos rojos exquisitos, donde un río de aguas mansas fluye a través de aquellos rocajes. Mira un poco hacia tu izquierda, si, si, justo hay, esa casa de troncos de madera antigua, acércate un poco más, ¡lo ves!, esa niña de unos trece años que mira al horizonte, donde el sol ya se esconde y dice adios con sus últimos rayos escondidos entre las montañas llenas de nieve, a su derecha la niña puede ver una gran arboleda que en su interior estaba recorrida por un manso río, a su izquierda un gran campo de fresca hierba rociada por una llovizna repentina, la chica llevaba un vestido corto con medias y un abrigo con capucha, aunque viviese alejada de la tecnología tenía ropa… Cuando se dio cuenta estaba perdida en sus pensamientos: de poder salir de ahí, disfrutar de lo que hay en el mundo… Pues esa niña se llama Daisy, vive con un amigo de sus padres, que al morir ellos, le dijeron a Daisy que debía ir con él. Su vida consta de leer, jugar, vivir aventuras imaginarias... pero le gustaría tener una aventura de verdad, como en sus libros, en los cuales los chicos flirtean con las chicas, hay criaturas extraordinarias y demás cosas... Aunque estuviese lejos de cualquier ciudad, en su corazón siempre había una esperanza muy grande.
-Daisy, es hora de cenar.-Dijo su amigo, Raúl. Daisy se asusto y afirmo con la cabeza, se levanto lentamente y entró en la casa, la puerta era de madera, era de eucalipto. Al entrar podía ver una enorme alfombra roja con dibujos extraños, más o menos como flores, de diferentes colores, las paredes estaban echas de madera oscura, Daisy siempre pensó que era de ébano, tenía colgados unos cuadros pintados por Raúl y unos preciosos muebles de color crema. Giró hacia la derecha y entró en la cocina, era de color blanco, tenía muebles blancos, todos ellos tallados a madera, a Raúl siempre le había fascinado el mundo de la madera, Daisy no lo veía tan extraordinario. Un perro negro se acercó a Daisy, ella le acarició y le dio una galleta que había encima de la mesa, le sonrió y se sentó en una silla.
-¿Qué hay hoy para cenar?-Pregunto Daisy con intriga ya que no olía a nada excepto a chocolate, Raúl se giro, tenía una sonrisa de oreja a oreja que ha Daisy le dejo con sospechas de algo, le entrego un trozo de pastel de chocolate.
-Toma, hoy no me apetecía hacer nada a si que me dije, ¿por que no le hago un pastel?
Daisy se encogió de hombros y empezó a comer, estaba buenísimo. Daisy es una niña hermosa con unos ojos verdes amarronados, pelo castaño y largo.
Raúl es un señor viejo de unos setenta años, tenía una larga barba blanca junto con su pelo también largo y blanco, siempre lleva consigo un colgante de un ángel gris, tiene puesto una bata blanca con sus zapatos blancos y sus pantalones blancos, casi siempre llevaba un blanco reluciente, Daisy no sabía como no se manchaba, ya que ella nada más ponerse blanco se manachaba.
El perro se llama Cisco es un Chow-Chow de ojos azules y pelaje negro, le encanta la fruta y las galletas, el chocolate le chifla.
Después de terminar de comer la tarta Daisy se fue a la cama con Cisco pisándole los talones, subió las escaleras y se encamino hacia su cuarto, la casa no era tan grande como aparentaba por fuera. Tenía una cocina y un salón enorme en la planta de abajo, arriba dos baños y dos habitaciones una para Daisy y otra para Raúl.
-Me voy ya a acostar, no me apetece leer.-Gritó Daisy desde arriba, no hubo respuesta ya que Raúl estaba fregando. Cuando era pequeña, hace mucho tiempo, su padre le había enseñado como se abría un grifo, le encantaba el recuerdo de un hombre cogiendo su mano , abriéndola y haciéndola empuñar una tuerca. Lo que más odiaba Daisy es que no recordaba su cara.
Minutos después cuando Daisy ya estaba medio dormida oyó un ruido, un golpe y un grito de un hombre, un grito de dolor. Bajó corriendo por las escaleras con un libro en la mano, por si acaso, había alguien aparte de Cisco, Raúl y ella. Cisco iba pegado a ella, gimoteando.
Llegaron abajo y vieron a un chico de pelo rubio al que no le distinguió la cara, que nada más verlos se fue corriendo, tirándose por la ventana.
Daisy se fue a la cocina y encima de la mesa estaba Raúl con una espada clavada en el pecho, la sangre salía a borbotones de la herida, Daisy se la arrancó. Comenzó a llorar en bajito, después fue aumentando el volumen hasta que se dio cuenta de que había dos cartas encima de la mesa. Cogió una aun llorando, se fue calmado más y más cuando vio que esa carta era de Raúl. Entonces la otra era de… La miró. Era de un tal Lucas, no sabía quien podría ser a si que, muerta de intriga la leyó:
Querida Daisy:
Hola, supongo que no me conocerás pero yo a ti sí. Me llamo Lucas Strauss Patoste y vengo a sacarte de este lugar, pero no puedo por que está mi abuelo. A sí que vete por el bosque hasta llegar a una enorme ciudad. Cuando estés ahí dentro dí solamente Lucas y yo acudiré a ti.
Besos.
Lucas.
P.D.: Lo siento por lo de mi abuelo me atacó y yo me defendí con lo único que llevaba encima, estoy bastante enfadado, frustrado y triste, a si que, no me lo comentes cuando llegues a la ciudad.
¿Él lo había matado? ¿Por qué? Parecía disgustado pero nunca había que hacerle caso a un desconocido, según le había dicho Raúl “No hagas caso a personas desconocidas” Daisy había pensado en quien iban a ser esas personas si no conocía a nadie más a parte de Raúl y Cisco. <<Bueno ahora toca la de Raúl>> pensó.
Querida Daisy:
Mi amor, espero que no llores por mi, quería que me matasen ya, aunque mi nieto no, la verdad. Mira Daisy haz caso a Lucas, él te ayudará a sobrevivir en la gran ciudad, ya la conocerás es magnífica. Ahora solo quiero que cojas una mochila y que pongas tus pertenencias, va a ser un viaje muy largo y cansado, no tenemos caballos ni burros de carga, pero lleva lo esencial y también quiero que lleves otra cosa mía, vete a mi habitación, debajo de la almohada encontrarás una llave, abre mi baúl y coge el trébol, las tres brujitas y, sobre todo, una foto en la que salimos tu y yo.
Te quiere.
Raúl.
¿Cuándo habría escrito esta carta? ¿Cómo la había escrito si estaba muerto? Daisy ateniéndose a la idea de que sabía que iba a morir comenzó a llorar otra vez, no soportaba verle muerto y menos que le hubiese escrito aquella carta tan bonita. Subió las escaleras aun llorando, llego al piso de arriba cogió una mochila la lleno de sus libros favoritos, ropa y lo que Raúl le había ordenado. Cogió comida para el viaje, y agua aunque sabía que no la iba a necesitar.
Bajo abajo y se dispuso a salir cuando le dio un escalofrío, se le había olvidado algo, ¡LAS BRUJITAS! Subió corriendo por las escaleras y las encontró encima de la cama, sonrió y se las metió en el bolsillo.
Estaba ya saliendo por la puerta, la cerro y miro a Cisco con un brillo especial en los ojos.
Espero que os guste mi primer capítulo, comentad por favor....
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